miércoles, 8 de marzo de 2017

Era febrero y llovía Gomá en los periódicos





BORRASCA. En El Mundo, el escritor defendía la ejemplaridad de Cervantes. Antonio Lucas, no se sabe si un poco escamado o francamente escandalizado, le pregunta: «¿Cervantes como referencia de ejemplaridad?».

Respuesta: «De ejemplaridad póstuma, que es cuando se concreta realmente la dimensión de un hombre. Para mí el acierto portentoso de Cervantes es hacer de la cortesía la piedra de toque entre el idealismo fanático que no soporta el humor contra ese que no es fanático y hace uso de la ironía. Así se adelanta al idealismo contemporáneo. O lo funda». [Sobre el concepto del humor cortés y mansurrón que predica Gomá, véase su «Teoría del aguafiestas»]

El entrevistador vuelve a la carga: «Pero en la vida de Cervantes hay momentos de oscuridad…».

Réplica: «No está probado que Cervantes hiciera nada ilícito». Triple salto mortal desde la ejemplaridad moral, o artística, o póstuma, o lo que sea, al código penal. El prodigioso trapecista encadena un tirabuzón: «Es un error entender la ejemplaridad como una plantilla que se aplica al individuo 24 horas al día y ante un tropiezo de la norma quedas invalidado. No me gustan las medidas ejemplificantes en ese sentido. Me emancipo de esa comprensión de la ejemplaridad como una nueva inquisición. No me interesan los individuos que tienen conductas de catecismo. Cervantes es un buen ejemplo. Con independencia de mil pequeñas anécdotas de su vida, al final su imagen es luminosa. La ejemplaridad de Cervantes hay que entenderla como algo completo y no puntual». En román paladino: Cervantes quizás hizo algo feo, pero no hay pruebas de que fuese ilícito, y, en cualquier caso, ello no impide que lo podamos tomar como una referencia de supina ejemplaridad póstuma.

El coloquio resultaría realmente ejemplar aunque sólo fuese porque demuestra la posibilidad de embutir todas las palabras de una misma familia léxica en unas pocas líneas. Pero además ilumina la lectura del libro Cervantes libertario, en el que Emilio Sola habla de cómo «las élites cultas y bienpensantes, políticamente correctas, en palabras de hoy» llevan desde el siglo XVIII asesinando al Cervantes antisistema para convertirlo luego en una «amansada mascota de Estado».
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CHUBASCOS TORRENCIALES. El ABC Cultural pone a disposición de Gomá tres páginas para que nos explique bien eso de la ejemplaridad póstuma. Escribe (y, en este caso, no hace falta traducirlo al román paladino):

«Hay vidas humanas que merecerían durar más allá del breve tiempo que les es concedido y que se esfuerzan por elevar, con los materiales de este mundo, una obra pública y patente que, gracias a su consistencia, burle ese mezquino plazo. Uno querría darle a su vida una perduración semejante a la de las pirámides egipcias, que siguen conmemorando el nombre del faraón en cuyo honor se levantaron siglos, milenios después de su muerte. […] Vivir es el arte de elegir la forma de nuestro cansancio futuro. Unos se consumirán en los afanes de una actualidad transeúnte, espuma de los días, mientras que otros preferirán comprometerse a largo plazo con la realidad durable y poner su cansancio al servicio de una pirámide en construcción».

La conclusión la dibujó El Roto. Sólo hace falta cambiar un poco la leyenda, muy poco, apenas introducir un matiz: «Las momias de los faraones intelectuales viven para la posteridad, la gente en la actualidad transeúnte». 

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DESPEJADO CON SOL. En el mismo suplemento, en el artículo de Andrés Ibañéz a propósito de Vindicación del arte en la era del artificio de J. F. Martel, se encontraba una defensa del humanismo, de una cultura vitalista, de la vida y para la vida, que el faraón –monarca y dios– se cepillaba pocas páginas después: «La vida humana no tiene que ser útil. Somos seres libres, nacidos para vivir, descubrir y experimentar la existencia, no empleados de una gigantesca factoría humana. Considerar al ser humano desde el punto de vista de la utilidad es verle como un animal de granja, o como un esclavo, o como una máquina». Incomprensible para la cultura funeraria de los promotores de obra pública faraónica. 


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