sábado, 22 de abril de 2017

Periodismo popular





Una forma de leer los periódicos es aquella que procura adivinar para quién fue escrita esta noticia o esa crónica o aquella columna. El ejercicio resulta tan entretenido como aleccionador y, la verdad, no hace falta demasiada pericia.

¿Que para quién escriben los periodistas? Este texto de aquí ha sido escrito para el jefe en la redacción, para tenerlo contento; el otro para el jefe en el partido político, para adularlo o ganarse su confianza; aquel para quedar bien con un amiguete o devolverle un favor o convertirlo en deudor de un bombo, y el de acullá se dirige a los colegas, para que rabien al ver el estilazo galano con el que menea la pluma su autor. ¿Para quién se escriben los periódicos? Para la publicidad y la propaganda, amalgamados hoy en una plasta viscosa que lo pringa todo; se escriben para la burocracia y sus burócratas, para los tecnócratas y sus expertos, para las corporaciones y sus ejecutivos, para los políticos y sus asesores, para los ideológicos y sus consignas, para los escritores y su vanidad, para los cantamañanas y su promoción… Y así hasta el último renglón de la última página.    

Sin embargo, los periodistas y los periódicos, con ese gusto tan suyo por las patrañas romanticonas, prefieren decir que escriben para los lectores. ¡Oh, los lectores! ¡Oh, divinos lectores! Enternecedor, si no fuese porque, de un tiempo a esta parte, acto seguido se les escupe que son ellos y nadie más que ellos los culpables del deterioro de la profesión. El Mundo se ha especializado en el reproche hasta convertirlo en un género. El enésimo columnista que se ha entregado a él no debe de leer su propio periódico y subraya en las primeras líneas la originalidad del planteamiento que pasa a exponer y que, resumido, dice así: «El público no solicita saber sino participar. […] Aunque ignore el método o carezca de conocimiento para desempeñarse. Lo cual ha metamorfoseado el oficio de informar. Surge la figura del profesional en busca de aplauso, reacio a herir la sensibilidad del pueblo y crearle incomodidad. […] Tanto vales, tantos cliqueos, seguidores, me gustas o abucheos sumas». Nombra a los lectores culpados con sustantivos colectivos como «público» o «pueblo» y cuando ese sujeto feroz ruge, pasa a llamarlo «audiencia». «La audiencia ruge» y el periodista, cual intrépido domador de fieras, no puede acobardarse, «debe reivindicar la condición elitista de su función social». Así que el problema de unos periódicos escritos para la caterva aristocrática de burócratas, tecnócratas, ejecutivos, políticos, periodistas y anunciantes es, en realidad y según quienes los hacen, una «audiencia» que no se siente interpelada por el periodismo realmente existente, que quiere ver aduladas sus opiniones y aspira a ver satisfecho el voraz apetito de su estupidez.

Bien, sabemos contra quien escribe el columnista de marras. ¿Pero para quién? Porque esa es la pregunta importante. Es obvio que escribe para esa supuesta aristocracia bien informada y mejor pensante que cree que el mundo está poblado por lerdos ávidos de tópicos que ratifiquen sus creencias. El columnista les dice que sí, que tienen razón, que hay que revindicar el elitismo y les ofrece unos párrafos que tienen la misma complejidad argumental que un meme, pero menos logrados que muchos memes y sin su gracia.  

Posdata: Debajo de la columna en el periódico de papel, había un anuncio de la suscripción a El Mundo. Debajo de la columna en el periódico digital, luce la publicidad de El Mundo en Orbyt y a continuación la recomendación de otros contenidos: «Los montajes más canallas de la caída de Messi contra la Juve», «Kim Kardashian enciende la redes: “La gripe es la dieta más prodigiosa”», «Los mejores bikinis y bañadores de 2017 según tu cuerpo», «Compra un Skoda y conduce 7.000 km. sin pagar gasolina» y «Por qué comprar un nuevo ordenador regala más tiempo a su usuario». El periodismo popular, el periodismo popular, ¡ad mass!

jueves, 20 de abril de 2017

El partido del domingo





Estalló la Gran Guerra y, como escribió Wenceslao Fernández Flórez, «de pronto, Iberina se rajó en dos mitades»: por un lado, la izquierda aliadófila; por otro, la derecha germanófila. «Fue una vez más la guerra civil, aunque ésta combatida por beligerantes vicarios», según advirtió Francisco Ayala.

Ayer El País consideraba urgente explicar a los despistados las opciones políticas que concurren a las próximas elecciones en Francia, identificando a cada uno de sus candidatos con su perfecto equivalente iberino. ¿Interesan los comicios franceses por sí mismos? ¿Por las consecuencias que tendrán en nuestro país, en Europa? No. Lo que importa es disponer de las claves para leer bien los resultados, que dilucidarán si las encuestas han inflado el globo de Macron-Rivera, si Mélenchon-Iglesias va a conseguir dar el sorpasso a los socialistas, si Hamon-Sánchez es el consabido perdedor o si Fillon-Rajoy, a pesar de los escándalos de nepotismo, se salva en la primera vuelta. En el partido del domingo, Le Pen no tiene hinchada; vale, los de Vox, pero es «una cuestión anecdótica».

Da igual que sean las elecciones francesas o americanas, el referéndum escocés o Venezuela: la información internacional sólo sirve para explicar qué guerra se está librando y dejar bien establecido quiénes son los beligerantes vicarios. Como en Los que no fuimos a la guerra, todo tan provinciano y chusco como en la novelita de Fernández Flórez.

miércoles, 12 de abril de 2017

Recaditos





Los periódicos pierden lectores y riñen agresivamente a sus lectores. Los periódicos pierden anunciantes, pero ni se les ocurre despotricar contra los anunciantes. Se cuidan mucho de no importunar, de ninguna manera, a los señores del dinero y se abstienen de endosarles reprimendas. Tampoco se atreven a ponerse en plan lastimero y pedirles públicamente que apadrinen a un periodista, como quien salva a un chucho de la perrera o, mejor dicho, a un ejemplar de una rara especie en peligro de extinción por culpa del cambio climático. Ninguna columnista les monta la escenita de novia despechada mientras suena de fondo la Jurado cantando «se nos rompió el amor». Y, desde luego, les ahorran las típicas peroratas sobre la necesidad de apuntalar el cuarto poder, sostén indispensable de la democracia y blablablá.

Los periódicos mandan recaditos a los anunciantes, sí, pero llenos de consideración hacia sus destinatarios y basados en el único argumento al que son sensibles. El Mundo, por ejemplo, con qué elegancia y delicadeza les recordaba el otro día el caso de J.P. Morgan, «el mayor banco de EEUU y una de las entidades más respetadas del mundo» [sic], que acaba de descubrir que de los 400.000 sitios web en los que insertaba su publicidad, nada más ni nada menos que 395.000 «no valían nada o hasta eran dañinos para la imagen del banco». Conclusión (colocada en el segundo párrafo, por si al anunciante interpelado le entraba la pereza y no llegaba hasta el final): «En la red, nadie controla los contenidos. Pocos controlan las audiencias de la mayor parte de los sitios. Y muchos anunciantes están en ella “porque hay que estar”, pese a que no saben dónde están. Deberían hacer caso a Mariano Rajoy, al que le gusta decir que “cuando no sabes a dónde ir, mejor no te muevas”». Con el debido respeto, señores: ¡Cuidadín, cuidadín! 

viernes, 31 de marzo de 2017

Yo sí leo «El País» (y V)





Epílogo: «Hay dos expresiones enigmáticas que recorren los escritos de los últimos años de Gilles Deleuze: una es cuando dice, en diversos lugares, que creer en el mundo es lo que más nos falta. Y la otra es que la filosofía, el arte y la política invocan a un pueblo que siempre falta. […] Quiero pensar y así lo entiendo que estas creencias no son nada que Deleuze lamente o eche de menos. Son, por el contrario, la posibilidad de crear un mundo y unas formas de vida más libres para el pueblo. El pueblo que falta es el reverso de la plenitud del pueblo al que invocan tanto el populismo como el utopismo. El primero lo quiere plenamente presente y representado en el Estado y sus formas. El segundo lo quiere plenamente presente y transparente en la figura de un ideal. Lo que señala Deleuze, diciendo que el pueblo es aquello que falta, es que las formas de vida colectiva y su creación son precisamente lo que ningún Estado puede representar plenamente ni ningún ideal puede hacernos del todo transparente».
[Marina Garcés: «El poble que falta», Ara, 15-11-2015, incluido en Fuera de clase. Textos de filosofía de guerrilla, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2016, pp. 77-78]

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Y los epígonos, que nos prometen grandes momentos: «No está bonito llorar en público, pero en este oficio que consiste en contar la vida de los otros aunque nos creamos el ombligo del globo, sufrimos de mal de amores. Hace tiempo que muchos de quienes nos amaban pasan de nosotros. No sabemos si porque les hemos fallado, porque se les acabó el amor de tanto usarlo, o porque han encontrado a alguien más interesante. El caso es que nos han dado puerta y no acabamos de creérnoslo. Y así, estupefactos, anonadados, acojonaditos vivos ante un futuro en soledad no buscada, nos comportamos a veces como ciertos novios abandonados: perdiendo los papeles».
[Luz Sánchez-Mellado: «Clic», El País, 23-3-2017]

miércoles, 29 de marzo de 2017

Yo sí leo «El País» (IV)





Era tan auténtica la confusión entre El País y el país, entre el periódico y la base social que sustentó el nuevo marco político e institucional, que nada ha podido desarbolarla, ni siquiera el último desastre, que más bien confirma la ecuación a través de la nostalgia en la perfecta equivalencia que expresaba.

Contemplemos el paisaje. La crisis ha dejado «las urbanizaciones sin compradores, los aeropuertos sin aviones, los trenes sin viajeros, los periódicos sin lectores, las ciudades de la luz, de la imagen, de las artes o de la cultura sin luz, imagen, artes ni cultura, las autovías sin automóviles, las viviendas sin habitantes, los hospitales sin médicos, las universidades sin estudiantes y tantos y tantos etcéteras».  Ese «sórdido decorado» ha quedado habitado sólo por «políticos, intelectuales, artistas, escritores y periodistas cuyo prestigio nadie había discutido hasta ese día» envejecidos súbitamente «como les sucedía a quienes abandonaban la mítica Shangri-La en Horizontes perdidos, de Frank Capra», como le ha sucedido a la misma Constitución, «fané y descangayada, necesitada de mil y una reformas que, sin embargo, nadie podía darle por falta de consenso». Mientras, la sociedad se ha evaporado dejando si acaso unas gotitas de la condensación en los cristales. «Había tenido sentido en nuestro país y en otros parecidos hablar de una sola sociedad […]. La sociedad era, antes que nada, una verdad tácitamente experimentada por todos los agentes sociales». El diagnóstico obtiene «su certificación epistemológica en el hecho de que los propios sociólogos (al menos algunos) están empezando a considerar lo que antes era su objeto científico, la sociedad, como un peligroso mito que habría que abandonar en favor de estos nuevos enjambres de individuos reunidos sólo ocasionalmente para finalidades que caducan a corto plazo».

El paisajista es José Luis Pardo. Su última obra no es la de un filósofo, alguien que piensa e invita a pensar; se trata más bien del libro de un profeta del apocalipsis, que piensa con miedo y apela al miedo, en perfecta sintonía con el discurso que se ha enseñoreado de los periódicos. Queriendo escribir una sombría admonición política, le ha salido un luminoso ensayo sobre el malestar de los políticos, intelectuales, artistas, escritores y periodistas que se sienten repentinamente contestados y abandonados por su público. Ese subtexto explica los aplausos que la obra ha merecido entre sus iguales, vinculados o no al grupo PRISA, porque todos compartieron la superstición de El País como monopolio de la encarnación y la invocación de la sociedad uniforme y conforme, todos viven ahora desconcertados y todos han encontrado muy bien vestidos, con las galas prestadas por la filosofía, los argumentos de su actual estado de ánimo. Han caído tan rendidos ante la elocuencia de la obra que incluso hubo quien, sintiéndose incapaz de hacer la reseña, se limitó a reproducir, literalmente, entrecomillados o no, párrafos enteros. Las citas estaban tomadas del epílogo del libro, que propone una relectura crítica de un fragmento de la conferencia «Vieja y nueva política» de Ortega y Gasset, que era traída al presente gracias a una mañosa operación de sustitución: cambiar 1875 por 1978, Restauración por Transición y ver al barbudo Pablo Iglesias transfigurado en un pinta con coleta.

Sí, los paisajistas leen, además de El País, a Ortega. Sería interesantísimo saber cuál es su lectura, tan aficionados como son a los paralelismos que les brinda la historia, de un artículo del filósofo publicado exactamente el 2 de julio de 1915. Sólo habían transcurrido seis meses desde la salida del primer número de la revista España, fundada aprovechando la expectación que había despertado el joven catedrático de Metafísica con su conferencia en el Teatro de la Comedia, y, sin embargo, comenzaban ya a desinflarse las esperanzas depositadas en el semanario, mucho más que una empresa periodística. Era, además, algo así como un «test social». El público que procuraba la revista era el mismo que debía sustentar un proyecto de cambio que la España oficial era incapaz de acometer. Frustrado el proyecto inicial de hacer una «revista popular», se dirigió a unas clases intelectuales que se revelaron también insuficientes para asegurar la viabilidad de la cabecera. El fracaso de España comprometía la alianza, en la que Ortega depositaba en aquellas fechas sus esperanzas, entre unas minorías ilustradas y la fuerza del movimiento obrero socialista, la convergencia del liberalismo radical y el socialismo reformista. Es precisamente en este momento, al advertir los primeros indicios de que sus cálculos políticos yerran, cuando Ortega publica el artículo citado. Pudo escribirlo bajo el retrato de Larra que había colocado en su despacho en la sede de la revista España en la calle del Prado; lo hizo sin duda bajo la influencia de las lecturas que estaba haciendo entonces para un ensayo sobre Fígaro que nunca llegó a publicar. Aquel artículo se tituló: «¿No hay opinión pública?».

El País se ha presentado como continuador del «modelo de la empresa cultural orteguiana», es decir, mucho más que una empresa: un proyecto de libertad y modernización para el país, europeísta y socialista para más señas (¿Acaso no había sido Ortega y Gasset quien había pronunciado el designio en 1909: «El partido socialista tiene que ser el partido europeizador de España»?).  Polanco vendría a ser un nuevo Urgoiti (¿No respondía a una continuidad lógica que Mercedes Cabrera, después de escribir la biografía de Urgoiti, se ocupase de la del contemporáneo y enérgico «capitán de empresas»?). En efecto, un nuevo Urgoiti, pero exitoso, capaz de conjurar el viejo maleficio que pesó siempre sobre las empresas periodísticas orteguianas, la falta de público. Los filósofos, periodistas y demás paisajistas quedaron eximidos de ponerse en plan doliente y larriano, hasta ahora. Estupefactos, acaban de descubrir que ya no hay público u opinión pública, que por no haber, no hay ni sociedad. El golpe ha sido brutal, porque, a diferencia de Larra y Ortega, ellos sí vieron quién era y dónde se encontraba el público, la opinión pública y la sociedad. Andan sonados, pero no tanto como para cometer el error de colocar, entre todas las trampas que van tendiendo por ahí, la de este ritornelo. Temen que su propio cepo les muerda el pie: cualquiera les podría replicar que el periódico es una de las extensiones orgánicas de la fantasmagoría que sólo sabe defenderse infundiendo miedo, contra la que arremetió Ortega en «Vieja y nueva política» y Larra hasta la desesperación.